miércoles, 24 de enero de 2018

Soliloquio semanal: Parra, Política y Videos

Ayer fue un día noticioso en Chile, quizás demasiado, todo parecía importante desde sus respectivas tribunas, pero, he aquí lo precioso de las cosas, a medida que masticaba tanta novedad, terminé armando un relato integral.


Partimos el día con la muerte de Nicanor. No es mi poeta favorito, ese puesto lo ocupa Jorge Teillier y se lo pelean de vez en cuando un puñado más, pero su impacto en la cultura popular es probablemente superior al de los otros poetas chilenos, exceptuando quizás a Neruda. En esta época acelerada y ansiosa, creadora de desechos culturales instantáneos, en que todo ocurre a alta velocidad y una de las pocas prerrogativas que nos van quedando en la esfera pública es la irreverencia, Parra simboliza esa irreverencia, el desafío a la solemnidad, al canon, a la norma. Con los años parecía ser cada vez más juvenil e inventivo, en referencia a su imagen pública, aunque mucho me temo que ahora, tras la muerte, lo querrán convertir en cánon, solemnizarlo y reverenciarlo. 

Ante su muerte, me quedé pensando en el eterno problema de que no haya recibido el Nobel. Y ahí la segunda noticia, la del gabinete ministerial de Piñera, con nombramientos aburridos, que indignan a los tontos graves (me incluyo) contra los cuales se levantaba Parra. Y en efecto me inquieta uno de esos nombramientos, el de Roberto Ampuero como ministro de relaciones exteriores, vamos, como Canciller que suena mejor. ¿Y por qué me inquieta, por no decir que me indigna? Porque se trata de un escritor de segundo orden, muy lejos de las luces de Parra para seguir con el mismo personaje; digo, de segundo orden, más famoso por ser un socialista redimido y reconvertido a la verdadera fe de la derecha, famoso también por desdeñar de su pasado de exiliado y decir de buena fuente que el socialismo no funciona, lo cual en este país es grito y plata. Y resulta que al tipo le dan la Cancillería chilena. Le pasaron la conducción de la política exterior chilena a un escritor promedio, pero con muy buenas credenciales de lealtad y partisanismo político en los últimos años. No me gusta.

¿Hay una lección de todo esto? Probablemente que no obtienes premio si no te metes en política. Que no basta ser considerado el mejor poeta vivo que tenemos si el mismo día en que te mueres, a uno con menores galones le entregan un ministerio, no por lo escrito con su pluma, sino por saber usarla como dardo (y apuntar bien).


Y ya que hablo de premios, la otra noticia es que salieron los nominados a los Oscar. Para variar, la nominación es el mejor checklist que te pueden dar para buscar películas que ver, pero este año la novedad es que otra vez nominan una cinta chilena, la película de Lelio que a mí en lo personal no me pareció tan maravillosa, aunque le reconozco los méritos al guión. Ahora, lo crucial es que la reflexión vuelve a la política, porque no creo que esta película hubiese recibido la misma atención si no fuese por su mérito político: instalar el tema trans en esa gran narrativa de masas que es el cine, en otras palabras, volverlo tema público y de consumo.

Si nos fijamos, en menos de diez años ya tenemos dos nominadas al Oscar y un ganador del mismo premio en categoría cortometraje. Curiosamente, las tres producciones basan buena parte de su mérito en algo político y, en cierto sentido, dan cuenta de un vigor general de la "industria" cinematográfica chilena, lo cual es esperanzador. Igualmente, y debo decirlo, creo que El Club, de hace dos años, era mucho mejor película que nuestras dos nominadas, pero le faltó más barra (política, otra vez) para pasar el corte.

Cierro, y vuelvo a Parra. Aprovechemos la instancia, no para canonizar al personaje, que eso es fácil, sino para hacer legible su obra. Que no pase lo que con Mistral, que no conozco a nadie que la lea, o con Neruda, al parecer más famoso por sus casas. Si Parra fue transgesor, no lo cosifiquemos, mejor leámoslo. Es una gran oportunidad para ver sus obras a bajo costo en los kioskos, al alcance de todos, a ver qué editor se anima.

domingo, 7 de enero de 2018

Soliloquio semanal: de propósitos y una espera

Ha sido un largo espacio de no publicar nada, casi dos años, y en el intertanto mi vida ha adquirido nuevos desafíos, matices y expectativas. El más importante es el familiar, podría autocalificarme como "ya establecido", aunque quizás la etiqueta sea demasiado rígida para denominar un proceso de consolidación como el vivido desde que regresé de España, pero lo crucial, aquello que define los últimos meses junto a Carolina, es la espera de nuestro primer hijo, Martín Aníbal, el cual nacerá en menos de un mes y quizás antes de lo proyectado. Ya hablaré de él, tiempo sobra, por el momento lo usaré como punto de partida.

Ya antes me he propuesto volver a escribir en este blog, no muy exitosamente debo decir, pues el proceso de alejamiento de estas instancias llegó incluso a afectar mi otro blog, el que nunca dejé 100% de lado. La idea es escribir más, superar la barrera de las simples reseñas, con qué, no lo tengo claro, pero aquí vamos.

Por lo pronto, y como primero tengo que ordenar mis ideas, destaco algunas pequeñas cosas que me mantuvieron y mantendrán ocupado en lo sucesivo:

1. Melomanía. El año pasado superé un récord de escucha, con alrededor de 200 discos de distintos estilos. En ese sentido, bandcamp ha sido una increíble fuente de nuevos contenidos que ojalá siga con igual vigor, fomentando la relación (de consumo) directa entre la banda y su oyente.  Huelga decir que escuchar tanta música trajo consigo mi primera lista que "lo mejor del año" en rateyourmusic, probablemente una más entre tantas, pero no creo que haya muchos listados que incorporen una buena dosis de neofolk en sus rankings, así que a alguien le servirá. Listado aquí.

2. Retomar El Semillero y finiquitar las subidas pendientes. Probablemente esto sea más pertinente postearlo en el mismo blog, pues allá tendrá su público lector más interesado, pero qué más da, lo relevante es que de una buena vez subiré todo lo pendiente por subir y ahí podré suspender tranquilamente su actividad.

3. Objetivos de lectura. Esta semana he estado leyendo el primer volumen de los Wild C.A.T.S. y creo que se merecen una buena reseña, especialmente los capítulos de James Robinson y Alan Moore. Y respecto al primero, una buena meta de lectura anual será leerme sus cómics, que son muchos, siempre me ha gustado como escribe y su manejo del género superheroico, pero nunca he sido sistemático con él, algo difícil de entender en un mundo donde internet te puede proveer de casi cualquier cómic. Por cierto, ni siquiera terminé de leer su Starman, así que ahí hay un buen punto de partida.
También quiero volver a las novelas de ciencia ficción. Eso sí, ni idea con cual partir.

4. Escribir en serio. Carolina me pasa diciendo que debería escribir y ver qué sale de eso. Mi compadre Simón cada cuatro meses me llama y me insiste que retome un viejo proyecto de guiones para una serie animada basada en los mitos de Cthulhu y en algo más que no pienso revelar por ahora. Lo he intentado, pero el trabajo real, el que para la olla, siempre me absorbe y tira todo por la borda. Quizás este sea el año, pero necesito disciplina. Probablemente también ayude leer a otros escritores hablar (escribir) sobre cómo escriben y convertirlo en otro trabajo.

No me quiero extender más, mañana encenderé motores volviendo a las reseñas. A escasos metros, Martín Aníbal se revuelve en el estómago de Carolina, señal de acostarme y acompañarlos, sentir sus últimas patadas, que ya nace, se acaba la espera y empieza otra vida.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Conan el Salvaje, de Alcatena

Tengo en mis manos la preciosa edición en que Acción Comics recopila tres historias dibujadas por el ilustrador argentino Alcatena en la noventera colección Conan the Savage. Publicadas originalmente en los números 2, 5 y 6 de la mencionada serie, las historias que componen el tomo son una excelente vitrina de lo que es el trabajo de uno de los ilustradores más originales que podemos encontrar y uno de los más impactantes en su percepción del mundo que recorre el cimmerio.

Conan the Savage #5


A mediados de los noventa, la burbuja que casi destruyó a la industria americana (o quizás la destruyó completamente y lo que hoy tenemos es otra cosa, da para reflexionar) estaba en pleno proceso de reventarse y sus efectos se hacían notar en distintas direcciones. En ese contexto entiendo cómo la venerable Savage sword of Conan había sido cancelada por unas bajas ventas que Marvel ya no podía sostener, pero en un intento por revitalizar al personaje lanza dos colecciones que puestas en comparación casi parecían formas antagónicas de entender igual al personaje. Suena raro, pero me explico.

A Conan los cómics lo han tratado de dos formas, sea respetando el canon, la obra escrita por Robert E. Howard o bien usándolo para contar cualquier historia fantástica que se le ocurra el guionista, sin preocuparse mucho por la "continuidad". Las dos colecciones que menciono se inclinan por esta segunda interpretación del personaje, pero con notorias diferencias entre ambas. Por un lado, Conan, a secas, era la versión en color, llena de todos los excesos de la época, una serie entretenida (no lo voy a negar), pero desmedida, sin gusto, con un exceso de esteroides demasiado típico de la época en que aparece. Puro grim and gritty. Por el otro, la citada Conan the Savage, en venerable blanco y negro, ligeramente más respetuosa del canon, pero igualmente anclada en la visión que da carta blanca al guionista. Sin embargo, lo que en su serie hermana era grotesco, aquí hay estilo, y los artistas que por ella desfilaron fueron quizás muchos de los mejores que podían aparecer por aquellos años.
Alcatena es uno de esos artistas. Las historias que dibuja corresponden a este Conan "todovale", pero bien hecho. Su arte es impactante y su visión de la era hiboria es oscura e inmisericorde. ¿Y las historias? La primera historia, con guión de Chuck Dixon, nos lleva a un Conan aburrido luchando como gladiador en Aquilonia y pensando que tras unas peleas más se irá. Como es de esperar, se irá, pero no de la forma que había pensado. Alcatena aquí está contenido, salvo en las páginas con acción en la arena que es donde verdaderamente se luce. Como es habitual en su trabajo, es el detalle el que le da personalidad a su trabajo, como por ejemplo las armaduras que portan sus rivales en la páginas finales, aunque es probable que de los siete números que firmó en la serie este sea el menos impactante visualmente, demostrando que el guión no está enteramente a su servicio. Curiosamente, también con Dixon las historias del número 1 o 3, y ni hablar ese maravilloso (o macabro, depende de cómo se mire) enfrentamiento con Rune en el número 4 sí le dan espacio al dibujante argentino para retratar ese mundo de espada y brujería a sus anchas.
Luego tenemos una historia de dos partes firmada por Ian Edginton en la que Alcatena sí logra brillar en casi todas las páginas. Desde la secuencia inicial en que una simple pelea adquiere aires de verdadera espada y brujería gracias a cómo el argentino trabaja los fondos con esos ídolos de piedra que parecen vigilar la acción hasta una página doble con el cuerpo caído de un dios que es sencillamente espectacular. En cuanto al guión, es extraño, pero como leí en un foro de internet en un comentario que me hizo demasiado sentido, pareciera más una adaptación de alguna novela de Michael Moorcock (Corum, Elric) que una de Howard. Pero recordemos lo ya dicho, en esta encarnación del personaje, lo que importaba era contar lo que fuese, y aquí lo cuentan bien y Alcatena lo dibuja mejor.

Alcatena al máximo en una de las historias que quedan fuera de este tomo.


Para cerrar, Alcatena es de esos pocos ilustradores capaces de plasmar el tono oscuro del género de espada y brujería en las páginas de Conan. Si hay algo que cautiva en sus lápices es la originalidad con que diseña armaduras, vestimentas y decorados, y lo hace en forma consistente para un mundo de fantasía oscura que en sus manos tiene personalidad y voz propia. Alcatena casi no cae en clichés, por no decir que derechamente no lo hace, y no hay en sus páginas ningún reciclado neomedieval tan propio de la fantasía americana. Publicarlo en Chile es una osadía, atendido que no hay una película o serie de la cual engancharse, como tristemente lo ha venido haciendo Unlimited desde hace un buen tiempo, pero es también un acierto al traernos historias de aventuras de calidad, sacadas de una época mal mirada por los lectores de cómics (los noventa) pero en la cual queda claro que sí podemos encontrar joyas que merezcan nuestra atención. Es por toda esa conjución de elementos que esta aventura editorial solo puede ser aplaudida y esperar que dé los resultados esperados. Y como soñar es gratis, esperemos que la editorial se atreva con más recopilatorios del personaje, que historias tiene miles.

lunes, 31 de octubre de 2016

Dylan, Gaiman y los límites de la literatura


Hace unas semanas Bob Dylan recibió el premio Nobel de Literatura y las reacciones, superfluas en su mayoría, no se hicieron esperar. Es más, buena parte de las justificaciones que escuché o leí giran en torno a reconocer a la generación norteamericana de la que Dylan es representante. No me parece una tesis errónea, si por algo se ha dicho que Borges nunca lo recibió por sus tendencias derechistas o que Parra tampoco lo recibirá jamás por haber sido poco izquierdoso en una época en que debía estar firme junto al pueblo. Pero dejemos eso de lado, lo interesante son los argumentos en contra, pues son los que establecen los límites que la Academia sueca ha cruzado este año.

Pierre Assouline, miembro de la Academia Goncourt, dice que Dylan no tiene obra, por tanto es un error premiarlo. La crítica no es menor, pues en efecto, Dylan casi no tiene libros publicados. Por su parte, Irvine Welsh, el autor de Trainspotting, dijo en twitter que el premio solo se basa en una nostalgia mal concebida. Para él, entonces, Dylan es un músico y debe ser premiado dentro de ese ámbito, no en el literario.
Natalie Kon-Yu, una académica australiana, merece un párrafo aparte pues es la que arroja el más letal de los dardos en una columna publicada por The Guardian: darle el Nobel a Bob Dylan no tiene nada de innovador, es solo premiar a otro hombre blanco en desmedro de otros autores.

En defensa, creo que el mejor argumento es el de Rushdie en twitter, el cual enlaza a Dylan con la tradición oral de la cual proviene la literatura escrita. Desde esa óptica, Dylan no innova, sino que continúa una tradición milenaria, la bárdica, y por ello entiendo que premiarlo es reconocer los orígenes de nuestras formas de contar historias. El punto es que al parecer en algún momento se entendió que solo era literatura la escrita.

El punto al que voy a través de la polémica sobre Dylan es uno que plantea Slavoj Žižek, acerca de cómo cualquier concepto de apariencia universal puede ser hegemonizado por un contenido específico. Al entender que la literatura es solo aquella que está escrita, nos apropiamos de ella y la hacemos un concepto no-político, pues no hay discusión sobre su extensión o definición. Lo que ocurre en torno a Dylan es un reflejo de esa batalla por la hegemonía y, aquí lo extraño, es que a pesar de la dura crítica feminista, la Academia sueca efectivamente ha revuelto las aguas en torno al concepto y si bien no ha innovado en el sujeto premiado (el más icónico de los cantantes blancos vivos) sí lo ha hecho al obligarnos a preguntárnos qué es la literatura. El premio por sí mismo no redefine los límites de la literatura, como erróneamente señala el Times de New York, sino que contribuye a estandarizar y a reforzar las definiciones que se hagan al respecto. Retomando la idea de Žižek, el premio Nobel entra en esta batalla por la hegemonía del concepto y es probable que sí contribuya a esta redefinición de la literatura, pues ha encontrado eco en el aplastante apoyo que Dylan ha recibido desde la cultura de masas, que ha aclamado esta decisión.

Ahora bien, dejemos por un segundo al Nobel y a Dylan, y repasemos una anécdota ciertamente más oscura para el público masivo, y es la premiación del World Fantasy Award de 1991. Este galardón compone, junto al Nebula y el Hugo, la tríada más relevante dentro de la premiación de obras de ficción especulativa y en 1991 sorprendió al mundo al otorgar el premio a mejor historia corta a un cómic, nada menos que al número 19 de Sandman de Neil Gaiman, una historia maravillosa que transcurre en 1593 y en la que la compañía de teatro de William Shakespeare estrena su nueva obra titulada "Sueño de una noche de verano" y lo hace nada menos que ante un público de hadas donde se encuentran los mismos que protagonizan la ficción basada en sus desencuentros.


No es fácil reconstruir lo que ocurrió en aquel entonces, pues las fuentes disponibles en internet son escuetas. La leyenda señala que la reacción de los escritores fue tan adversa a ver premiada una historieta con un galardón literario que ello provocó que las reglas del World Fantasy se reformularan de modo que no se pudiese premiar nuevamente a un cómic. Una tesis distinta proviene desde la propia administración del premio, que sostuvo que en realidad éste jamás estuvo pensado para cómics, pues aquellos debían competir en la categoría Special Award Professional y que nunca se cambiaron las reglas. Lo que importa es que jamás una historieta volvió a ganar ese premio.

Como vemos, en el caso de Sandman, premiar la obra de Gaiman también produjo esta lucha por apropiarse del concepto de literatura, ganando la ortodoxia, el statu quo. La literatura quedó, en este caso, restringida a lo escrito sin imágenes, excluyendo al cómic. Una manifestación de esta victoria es que con los años el cómic pasa a ser admitido como un objeto cultural valioso pero solo bajo el lacayo nombre de "novela gráfica". Es cosa de leer lo que se escribe de los cómics cuando quien lo hace no es lector de ellos y la expresión aparecerá por doquier, el cómic para ser reconocido debe travestirse con las ropas que le fueron negadas y solo denominado "novela" y adjetivado "gráfica" logra entrar a la literatura.

Volviendo al Nobel, si tardamos tantos años en plantearnos seriamente como literatura la labor de un bardo actual como es Dylan, y con esa discusión nos jugamos la hegemonía del concepto de literatura, no creo descabellado afirmar que si la discusión en torno a qué es literatura es ganada finalmente por aquellos ubicados del lado de Dylan, y podemos por tanto sostener que lo premiable, lo literario, no solo es lo escrito sino también lo cantado, en el horizonte aparecerá la posibilidad de redefinir el valor del cómic en cuanto literatura. No en vano, la última década ha visto la colonización del cine norteamericano por parte del cómic y, desde hace pocos años, también hemos presenciado su irrupción en la pantalla chica. Si premiamos la influencia cultural de la lírica de Dylan, cuándo premiaremos la influencia del cómic en la cultura de masas, y más importante aún: ¿cuándo reconoceremos como literaria la forma de narrar propia del cómic?. Con este pensamiento final dejo la próxima propuesta rupturista de verdad: darle el Nobel de Literatura a un escritor de cómics, candidatos hay varios.

domingo, 24 de mayo de 2015

Los años de Allende, de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta

La historia es más o menos conocida por todos: en 1970, Salvador Allende es elegido presidente de un país polarizado. La aventura política de la Unidad Popular se convirtió en poco tiempo en una estrella fugaz admirada por todos, pero que -siguiendo la analogía cósmica- iba directo a perderse en el horizonte. Luego vinieron el golpe, los milicos y sus fusiles. Cuatro décadas después, y habiendo sobrevivido el país al paroxismo de 2013 (quien lo diría, hasta la derecha tuvo que pedir perdón, a medias), aparece una adaptación al cómic de esos mil días de socialismo con empanadas y vino tinto, a través de Editorial Hueders, con Carlos Reyes a cargo de los guiones y de Rodrigo Elgueta en la parte gráfica. Todo en austero blanco y negro. 



Reyes opta por hacer una especie de novela histórica, con amplia documentación y excesivo énfasis cronológico, recordándonos constantemente en qué momento ocurría cada cosa. La parte novelesca en sí corre por cuenta de las desventuras de un periodista estadounidense enviado a cubrir el proceso revolucionario de la UP. Tan pronto llega a Chile, John Nitsch, a quien nunca llegamos a conocer en todos sus matices, demuestra su simpatía por la izquierda y en cierto modo comienza a ver los hechos a través de un doble filtro: el cínico del gringo que sabe lo que viene y el idealista del chileno que no quería despertar del sueño.

Lamentablemente, el intento de dramatizar a través de la historia del periodista se queda corto y muy pronto se desdibuja ante una sobrecarga documental que me parece innecesaria, pues la historia propiamente tal termina desapareciendo ante un desfile de hechos no dramáticos, meros datos que no dejan de aparecer aún cuando no tienen ninguna relación directa con las peripecias de Nitsch. El mejor ejemplo son las páginas finales del capítulo dedicado a 1971, donde se narra -sin intervención alguna del protagonista- el atentado devenido homicidio contra el general Schneider, la asunción de Allende y, en una página bizarra y con cero carga dramática, un muestrario con los retratos de todos los ministros que asumen en ese primer día de la UP. En todas esas páginas, Nitsch sólo aparece tomándose un vinito en el mercado. Demasiado poco para ser el protagonista.

Se aprecia tanta urgencia por sobrecontextualizar, que al final se pierden de vista las posibilidades narrativas que ofrece el cómic como medio. De ese modo el arte secuencial desaparece cuando una página contiene viñetas desconectadas entre sí, y el excelente trabajo de Elgueta se desaprovecha pues sus ilustraciones terminan pareciendo fotografías de un álbum. Entiendo la intención de los autores (hay una entrevista muy ilustradora al respecto) de utilizar el cómic como un medio para hacer memoria sobre hechos que definieron la historia chilena contemporánea. Incluso, de sus propias palabras entiendo que buscaron algunas cosas en particular: en lo narrativo, relatar lo acontecido durante la UP a través de un testigo neutral; en lo gráfico, recrear el Chile de la época.

Lo anterior se traduce en un lenguaje que en el género documental funciona (véase la Batalla de Chile), pero que en el cómic requiere otro método, pues no es suficiente hacer un collage de ilustraciones que incluya retratos de Allende, Tohá o Altamirano, si lo terminas contando casi todo a través de cuadros de textos, con diálogos sin gravitación real, y reduciendo al protagonista hasta tal grado de intrascendencia (porque NADA ocurre a través o por él) que su historia de amor termina siendo irrelevante.

Para cerrar, creo que la mejor etiqueta que le puedo dar es la de "álbum gráfico", pues en esa categoría logra bien su cometido de retratar una época. Es más, su preciosa presentación con tapas duras y tamaño de cómic europeo contribuye a su atractivo estético. Ahora, si la idea es narrar una historia dramática inserta en esa época, pues ahí se queda sólo en el intento y John Nitsch no es más que un pretexto para hacer una cronología visual de la Unidad Popular.